JuanFelipe

Los condimentos de la libertad

Me imagino la cara de angustia del capitán aquella mañana en la que una vez más amaneció sin tierra firme en el horizonte. Hace semanas que debían haber llegado a su destino y seguían perdidos por el Caribe. El racionamiento no podía extenderse más, se acababa el agua y la comida. Había suficiente para la tripulación, no para la mercancía que estaba perdiendo su valor. Los más de cuatrocientos esclavos se estaban enfermando, estaban débiles, flacos, así no valdrían un peso en la subasta. Puedo imaginarme la cara de astucia del capitán cuando en medio de su desgracia sintió que encontró la idea del millón. El mercado, que todo lo provee, ofrecía un seguro contra la pérdida de los esclavos, cosa que los empresarios que arriesgaban su valioso patrimonio en el patrocinio de estos barcos pudieran protegerse. Siempre hemos de proteger al empresario. Tan sólo —imagino la cabeza del capitán hablando— tocaba perder los esclavos y el seguro salvaría la inversión. Hizo cuentas. Dadas las desafortunadas circunstancias, tocaba aventar por la borda exactamente ciento treinta y dos esclavos, cuidar al resto para que no perdieran su valor, e inventar cuando llegaran, que los habían perdido en una revuelta violenta. La tripulación se turnó para empujarlos. Ciento treinta y dos humanos, encadenados, vivos, fueron empujados al océano.


Cuando finalmente arribaron al Caribe, mandaron a avisar a los patrones sobre la revuelta para que cobraran el seguro. Las aseguradoras recibieron la petición pero pidieron investigar —hay cosas que no han cambiado ni en doscientos años, como las aseguradoras haciéndose las pendejas para pagar—. Habían muchos sobrevivientes, como para creerle solo al capitán. Así fue como la codicia nos salvó, o bueno, los salvó. La aseguradora descubrió la historia de cómo aquí no había habido ninguna revuelta, sino una escabrosa decisión del capitán. El caso se volvió viral, se empezaron a filtrar todos los detalles y el mundo se enteró de las características inhumanas del comercio de esclavos. Por la póliza. Así fue como empezamos a cuestionar ese jugoso negocio de vender personas.


El litigio cubría periódicos y conversaciones en el pub. Se empezó a cocinar un posible proyecto de ley y no se hicieron esperar los activistas y protestantes. Los primeros, conmovidos por la humanidad, los otros un poco más racionales, explicaban con estudios rigurosos como acabar con esa industria llevaría la economía del imperio a la ruina. Señalaban los más de 5.000 marineros que perderían su trabajo. Los comerciantes perderían —el equivalente a— más de $1.15 billones de dólares. Capitanes y subalternos perderían casi $400 millones de dólares y lo peor, Liverpool y sus liverpuldianos perderían el equivalente a $1.85 billones de dólares. Dada la catástrofe financiera que causaría su prohibición, era imperativo preservar el comercio de esclavos. Pasó entonces como pasa ahora. El gobierno dejó que el debate siguiera en el pub y que el tema poco a poco se fuera enfriando. Once años después del escándalo de la póliza la industria seguía intacta. El único naufragio fue en el parlamento, cuando el primer proyecto de abolición se hundió con una votación 163 a 88.


Afortunadamente se alzaron las mujeres. No podían votar, no importó, no lo necesitaron para armar la gorda. Para ellas sencillamente era inhabitable un país que aprobara esa barbarie, por más catástrofe que se viniera. Su cacerolazo fue dejar de cocinar con azúcar. Unas valientes. Un sabotaje pacífico que puso a saltar a los zares del azúcar —en ese entonces la importación número uno de los brits— quienes ahí sí salieron a decir que suficiente, que estaban perdiendo mucha platica, que por favor solucionen esa vaina de los esclavos antes de que se les acabe el negocio a ellos. Sirvió. El siguiente año volvió un nuevo proyecto de ley a votación y esta vez un desmonté gradual ganó. Con voz y sin voto allanaron el camino hacia la libertad.


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Ciento treinta y nueve años más tarde, en un capítulo que todo y nada tiene que ver, los oficiales británicos decidieron abrir fuego contra una multitud India indefensa, bautizando con sangre el 13 de abril de 1919 como el día de la masacre de Jallianwala Bagh. Fue por esa matanza que Gandhi decidió que India no debería buscar autonomía dentro del imperio sino independencia absoluta. Los ingleses enseñándonos que las balas vuelan como un búmeran. El río siguió su curso y unos años después los líderes de la causa India proclamaron su libertad. Grito de locos, porque le pedían al pueblo que empezaron a actuar como si fueran libres, aún cuando frente al imperio todo seguía igual.


Como era de esperarse, poco y nada ocurrió. Necesitaban un líder que diera el ejemplo. Ahí es cuando el congreso vuelve a buscar a Gandhi y le pregunta: ¿cómo se ve ésta libertad? Digo vuelven, porque Gandhi se había retirado. El pacifista estaba nervioso. La última vez que su movimiento de no violencia estaba cogiendo fuerza terminó en sus seguidores de la paz quemando vivos a veinte policías encerrados en una estación. Dijo entonces que su país no estaba listo para su movimiento de la no violencia y lo suspendió. Le llovieron críticas, no lo bajaron de cobarde. Ahora que le rogaban que volviera, él solo pensaba: ¿cómo hacer para que esta vez no terminara igual?


Esto era en esencia la famosa desobediencia civil. Gandhi como su arquitecto y mejor representante necesitaba encontrar una ley que pudiera romper de manera no violenta, una norma tan estúpida que representara la invalidez del imperio y sirviera como símbolo de la injusticia. Puedo imaginarme su expresión de plenitud cuando pensó en la sal. Era perfecta. Es el mineral de la vida, no hay organismo que pueda vivir sin sal(es). Todos la conocemos, todos la usamos, de ella todos dependemos. Pareciera que por eso mismo el imperio, en una especia de impuesto a la vida, implementó en 1882 un estricto e impío impuesto a la sal. Era un crimen para los indios coger la sal que florecía en las minas de su propia tierra. Era un crimen hervir agua del mar para conseguirla. Únicamente se podía comprarla en establecimientos oficiales del gobierno.


Así nació la legendaria marcha de la sal, en la que Gandhi caminó trescientos ochenta y cinco kilómetros a lo largo de veinticuatro días, parando en cada comunidad a explicar lo que estaba pasando y lo que iba a pasar. Cada paso de Gandhi fue recargando las reservas vacías de valentía, sabiduría y decoro de cada indio que de ahí en adelante se contagió de un deseo insaciable y no violento de libertad. El 6 de abril de 1930, Gandhi se agacha sobre una preciosa mina, agarra un puñado de sal con su mano derecha y la levanta en un solemne acto público donde rompió la ley, desafió el gobierno, y al igual que las mujeres del azúcar, iluminó el camino hacia la emancipación.


La sal y el azúcar parecen ser los condimentos de la libertad. Si hemos de luchar por la nuestra, ya estamos armados.

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El barco de esclavos, J. M. W. Turner (1840)
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