JuanFelipe

Mi divorcio del Whoop.

Tras once meses de relación, el Whoop y yo anunciamos nuestro divorcio.


Nos conocimos gracias a Nico, mi primito. Un día que lo visitamos en la casa y me dice: «Mira, tenemos el mismo» —señalando su reloj de Power Ranger y mi Garmin—. Era hora de empezar a usar un reloj de verdad. Pero explíquenme: ¿cómo es posible vivir sin saber cómo dormí? ¿Cómo es posible andar por la calle sin saber cuánta pila me queda? ¿Cómo es posible vivir en paz sin saber mi frecuencia cardiaca en reposo? Necesitaba esa unión de la hombría del reloj y mi sed de métricas. Ahogándome en angustia apareciste tú, Whoop.


Nos queda en el recuerdo las mieles de los primeros días, esa mirada enamorada de saber que éramos el uno para el otro. Yo, un loco por los números. Tu, un manantial de datos.


Me convertí en predicador. Convertí a mis amigos, a mis hermanos, hasta a mi suegro —diciéndole que esto le evitaría un infarto—. Lástima que no compartí mi código de referidos. Era mi rompehielos en cualquier conversación: «Lo mejor son las correlaciones que te hace con el diario para descubrir los efectos tiene para ti comer de noche, tomarte una cerveza, ayunar». Ay, Juan Felipe.


Y ni hablar de nuestro pico de amor a las cuatro semanas de relación cuando llegó el día donde me dirías mi edad biológica. Fue mágico. En plena crisis de los treinta, negando cada mañana el crecimiento de mi frente, aparece mi adorado tesoro a decirme que ahora era el hermano menor de la casa. Sí, era un pollito. Siete años menos tenía, cómo se me inflaba el pecho. Me felicitaban. «Pero obvio —respondía—, con todas mis rutinas, y los ocho años ayunando, y los maratones, y triatlones, y las ocho horas sagradas de sueño. ¿Les sorprende?». Whoop eras mi «espejito, espejito», yo tu Blancanieves.


Nunca olvidaré tu poder para traer al presente las consecuencias del futuro. El problema de los peores vicios es que te matan sigilosamente. Un poquito de azúcar por aquí, tan solo unas semanitas sin trotar, un mes muy estresado. Como las consecuencias se verán en décadas siente uno que no pasa nada —no con el Whoop—. Llega el reporte de la semana y ves cómo te volviste más viejo. Poderoso agente de cambio.


Tengo la personalidad perfecta para ti. Me alimento de números y métricas. Optimizo minuciosamente mis rutinas evaluando periódicamente cómo mejorarlas. Soy mi humano de laboratorio, poniendo a prueba cuanto experimento me sugiera mi dios Huberman. No tengo autocontrol. Si me presentas un argumento que no logre vencer, me es imposible no seguirlo. De inmediato. ¿Que los zapatos tradicionales deforman el pie? Solo uso barefoot. ¿Que el ayuno reduce la probabilidad de cáncer? No volví a desayunar. ¿Que es un crimen moral no donar a fundaciones? Donar es el primer movimiento de mi tarjeta. ¿Que el Whoop me va a indicar lo que debo hacer para maximizar mi vida? Ese fue el problema.


Me mostraste que comer tarde afectaba la calidad de mi sueño. Dejé de esperar a Valeria para comer. Me mostraste que un trago destruía mi recuperación. Dejé de tomarme el Moscow Mule de los viernes con mi papá. Me mostraste que el entrenamiento de fuerza disminuye la edad. Dejé mi valiosa rutina de sentadillas y me pasé a escalar, tan solo porque tú, Whoop, me contabas más tiempo de actividad entonces me volvías más joven. Y ni hablar de la regularidad del sueño. Me mostraste que me volvía más viejo por las trasnochadas de los sábados —las quité—. ¿Plan con amigos? Voy pero hasta tempranito. A las once me iba con ganas de quedarme.


No eres tú, soy yo. Hacía lo que tantos años emprendiendo me han enseñado: optimizar el KPI. Haga experimentos, pivotee, si funciona duplíquelo, si afecta elimínelo. Eso hice. Dupliqué la regularidad de sueño, dupliqué la escalada, dupliqué las cenas temprano, dupliqué mi expectativa de vida. Eliminé un momento con mi papá, eliminé las cenas con mi esposa, eliminé la rutina de pesas, eliminé el —cada vez más escaso— tiempo con mis amigos.


El error de confundir el objetivo con el indicador. El primero importa, el segundo no. Lancemos esto, lancemos lo otro. Que el anuncio diga esto, diga lo otro. Que el producto ahora haga esto y deje de hacer lo otro. Hasta que un sacudón de la vida te hace levantar cabeza. ¿En qué momento nos convertimos en esto? No logré usar el Whoop para optimizar mi vida, mi vida se volvió optimizar el Whoop.

Art
Compártelo, tu sabrás a quién le servirá leer algo así. Mándaselo a ese amigo, a tu pareja, a tu mamá.