Ahí está Andrómeda. Yo aquí te espero.
Nos fuimos a caminar por el desierto cincuenta kilómetros en completa soledad y autosuficiencia. No vimos una sola persona en cinco días. ¿Qué fue lo más lindo?
El cielo estrellado por las noches.
Yo nunca había visto algo igual. Espero que alguna día mi escritura mejore lo suficiente para poder describir lo que fueron esas noches estrelladas en el desierto del Big Bend National Park. Llegábamos hacia el atardecer después de ocho horas de caminata, terminábamos de armar la carpa ya con la linterna en la cabeza, mirábamos al cielo y no se veía nada.
Hasta que apagábamos la linterna.
Todo desaparecía, ya no veía ni pies, ni mis manos, ni a Valeria justo a mi lado. Miraba hacia el cielo y a medida que se dilataban mis pupilas empezaba a revelarse poco a poco el espectáculo, las estrellas. Un planeta, hasta dos y tres más. Constelaciones enteras. Estrellas fugaces que duraban hasta veinte segundos atravesando todo el horizonte. Polvo de estrellas. Polvo como en las imágenes de la NASA que parecen de mentiras, aún se me eriza la piel al recordarlo.
La Vía Láctea ante nuestros ojos. Y Andrómeda. No satisfechos con la inmensidad de nuestra propia galaxia aparecían los destellos de la otra. ¿Tendrá esa el milagro de un planeta como este?
Podrías ir a explorarla, yo te espero aquí. En teoría, podríamos construir esa nave espacial que va casi a la velocidad de la luz, viajando en ella, dicen las leyes de la física, te demorarías tan sólo un minuto. Un minuto en llegar. Podrías sumergirte, navegarla, buscar por allá tu alma gemela.
Y aunque yo cumpliría mi promesa de esperarte en esta silla bajo el cielo estrellado del desierto, en ese minuto habrían pasado aquí en la Tierra, como mínimo, cuatro millones de años. Dime si no hay algo más mágico y misterioso que el universo, que por su propia estructura te permitiría explorarlo, en minutos, pero te prohibe venir a contarme lo que viste.