Él me pegó primero
No había persona más desesperante que mi hermano cuando chiquito. Mamón, metido, pelión y bravo, muy bravo. Te enojai por todo, te enojai por todo, dicen las estrofas de la canción que un día le dediqué y por la que recibí una buena cantidad de patadas en agradecimiento. Tampoco había persona más intolerante y celosa que yo. Honestamente, no era más que la relación de un par de hermanos con siete años de diferencia. Mi hermano, desesperado por atención, empezaba con chistesitos, y empujoncitos, y bobaditas que rápidamente escalaban a puños que aún más rápidamente escalaban a estar yo devolviéndole atenciones aprovechándome de varios centímetros y kilos de ventaja.
Juan Felipe me pegó - salía gritando y llorando corriendo hacia mi mamá, quién inmediatamente respondía regañándonos a los dos por igual, lo cual me enfurecía más, porque él había empezado, porque ya le había explicado de todas las formas que por favor no molestara más, porque ya había llamado a mi mamá a decirle que por favor le dijera que no más, porque ya no me había quedado otra opción, además de que él me pegó primero.
La respuesta de mi mamá era corta y contundente - En ésta casa está prohibido pegar. -
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Hace un par de meses se me escurrían las lágrimas viendo por primera vez a Martin Luther King en Alabama, antes caras largas, oprimidas y desesperadas, intentando convencerlos de que faltaba poco para que llegara la justicia que tanto anhelaban.
How long, not long. Cuanto falta, falta poco.
En ese momento, marzo 25 de 1965, iban más de diez años desde el día en que, en esa misma ciudad, Rosa Parks se negó a cederle su asiento a una persona blanca como protesta a la segregación. Más de diez años de lucha organizada, pero más de cien años de la más atroz opresión.
¿Cuánto falta? Falta poco - les prometía Luther King. Quien también les pedía su paciencia, pero sobretodo les rogaba, les imploraba, que mantuvieran su compromiso a la no violencia.
Debo confesarles que aún nos esperan días difíciles. [...] Debo admitir que todavía nos esperan celdas de prisión y momentos oscuros y difíciles. Pero si perseveramos con la fe de que la no violencia y su poder pueden transformar los oscuros ayeres en brillantes mañanas, podremos cambiar todas estas condiciones.
Por eso, les ruego esta tarde, mientras seguimos adelante: manténganse firmes en el compromiso con la no violencia.
¿Cuánto falta? Falta poco.
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Momentos como hoy en Venezuela, me han hecho entender que mi mamá me intentaba enseñar la misma lección que Luther King a sus simpatizantes. Uno de los sapos que más cuesta tragarse.
Lamentablemente en la vida, sólo los malos pueden romper las reglas.
Porque romper las reglas legitimiza a tu enemigo, te convierte en enemigo. Porque la manera de acabar la violencia no es con más violencia. Porque la manera de acabar con la injusticia que es ver a alguien romper las reglas sin consecuencias no es rompiéndolas, y esperando que no haya consecuencias.
Martin Luther King no sabía cuánto faltaba aquella tarde hablando sobre el atril en las escaleras del capitolio de Montgomery, pero sabía que el día en que respondieran con violencia la causa estaría perdida. La violencia era la trampa que ponían los blancos cada vez más tentadora, más grande y más cerquita. Necesitaban que cayeran, era la excusa que buscaban para justificar que estos no eran humanos civilizados sino salvajes violentos.
No podían caer en la trampa.
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Hoy es válido sentir este tornado de emociones en el corazón. Sentir la alegría de ver un criminal donde tiene que estar, sentir la ilusión de la libertad para Venezuela, es compatible con sentir miedo de haber caído en la trampa.
Miedo de sentir que la lucha legítima que han intentado tantos Venezolanos, mostrando un coraje sublime para no caer en la trampa durante doce años, vaya a ser en vano por la decisión del otro.
Miedo a sentir que ésta sea otra versión del mismo cuento que vivimos en Colombia cuando creímos que permitir la injusticia de dejar a unos romper las reglas para acabar con los otros, nos iba a llevar a un país más justo. Hoy tenemos heridas que parecen imposibles de sanar.
¿Y entonces dejar al dictador hasta quién sabe cuando? ¿Qué pasa cuando las reglas parecen permitir tanta injusticia? ¿No fue el acto de Rosa Parks una violación de las reglas? Ojalá éste caso sea uno como el de ella.
Hoy es compatible sentir ilusión con preocupación, y además con impotencia. La que inevitablemente aparece al criticar que se rompieron las reglas sin poder ofrecer alternativas diferentes a la que ofreció Luther King en Montgomery.
¿Cuánto falta? Falta poco.
Porque no hay mentira que viva para siempre.
¿Cuánto falta? Falta poco.
Porque el arco del universo moral es largo, pero se inclina hacia la justicia.